Cuando emigré del Perú en mayo de 1997 no estaba tan al tanto de este imponente fenómeno migratorio (entonces ya existente) que en la primera década del siglo XXI habría de tomar ribetes inimaginables (en parte también por las consecuencias que ha generado). En parte por la edad, en parte por la incredulidad de tamaña empresa, no pensé jamás en que estaba formando parte de un proceso histórico como el que debió significar, entre 1890 y 1920, la inmigración europea en tierras americanas. El fenómeno migratorio peruano hacia el exterior registró un alza sensible en la década del noventa como producto, entre otros, del fujimontesinismo y su salvaje neoliberismo que creó una zanja aún mayor entre la población, mucha gente mejoró sin duda sus condiciones de vida y muchas cosas cambiaron en el paisaje urbano peruano pero muchos otros (temo muchos más) no pudiendo participar de este aparente auge y, a sabiendas de las oportunidades que otros países ofrecían y contando en muchos casos con un pariente pionero en dichas tierras, decidieron empacar y pegar vuelo hacia un futuro económicamente mejor pagando como caro precio el inevitable desarraigo que una tal experiencia exige.
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