A pesar de que esta imagen puede parecernos enormemente atractiva en la pantalla, la autoridad e individualidad del héroe sólo es útil en la ficción. El desarrollo del liderazgo actual no admite estas actitudes. Un buen líder sabe que la fuerza de su liderazgo se genera en la relación personal y profesional con sus colaboradores, por su carácter y capacidad para ayudar a otros y no por el cargo que ocupe.
Así, la esencia del liderazgo sólo se puede desarrollar por una cuidada práctica y un verdadero deseo de mejora. Para que la naturaleza del líder arraigue en el ejecutivo es preciso absorberla, cuidarla, vivirla intensamente y practicarla continuamente. El egocentrismo, el autoritarismo y el control excesivo son los más feroces enemigos del liderazgo.
El héroe de ficción parece poder desdoblarse y estar en varios sitios a la vez salvando a todo el mundo de las desgracias en las que están metidos. Sin embargo, la empresa no quiere héroes, sino profesionales capaces que ayuden a crear una cultura que apoye el nacimiento de nuevos líderes. Cuando la empresa se apoya excesivamente en la labor y la fuerza de una sola persona, pierde flexibilidad y capacidad de reacción ante los cambios. Un viento constante y fuerte puede impulsar muy lejos la nave de la organización, pero si no se provee de otros medios, en el momento en el que cese el viento la nave dejará de moverse.
Tanto la organización como los empleados tienen el derecho y la obligación de alcanzar sus propios objetivos. El papel del líder es aunar los esfuerzos de todos para impulsar la nave en una misma dirección. Ayudando a las personas de su entorno a trazar su propio camino y unirlo al de la empresa, el ejecutivo amplia las oportunidades de éxito de la organización. El buen líder sabe que de los pequeños esfuerzos, el trabajo en equipo y la confianza pueden surgir grandes logros.
A menudo, mientras vemos las impactantes secuencias de las películas, olvidamos que la labor del héroe no habría sido posible sin el elevado número de personas que le han apoyado. En la acción empresarial, entre la competencia de mercado, las cenas románticas con el cliente, el silbido de las nuevas campañas y las explosiones de trabajo, el buen líder no piensa en sí mismo, se abre a los demás y no exige nada a cambio.
Fuera de la pantalla, el líder es capaz de mostrar visión de futuro, poner los recursos necesarios y motivar a otros para emprender la marcha. Sin embargo, al mismo tiempo que es capaz de guiar con valentía y determinación, también lo es de servir con humildad. El buen líder reconoce su necesidad de cambio, adaptación y mejora continua, de manera que identifica sus propios logros con el éxito de todo el equipo. Así, cultiva sus habilidades, pero no se aferra a ellas; procura su desarrollo al mismo tiempo que comparte lo que sabe; genera fidelidad y seguimiento sin necesidad de ejercer dominio. El mejor líder es el que menos dirige.
¡Cámaras! ¡Acción!
Cuando por fin corre la cinta en el proyector, somos testigos de todo lo que ocurre, lo que le pasa al protagonista, el porqué de sus elecciones y consecuencias. Mientras que el héroe comprende sus propias opiniones e incluso las de los demás, el líder extraordinario, se esfuerza por comprender el origen de las motivaciones.
Esta claridad y objetividad en la visión es lo que permite al ejecutivo ejercer su liderazgo desde dentro hacia fuera, descubriendo lo útil de cada situación para proponer el mejor camino. Mientras que el héroe de la película actúa en respuesta a los acontecimientos e intenta adaptarse, el ejecutivo que ejerce liderazgo aprende a anticipar el argumento y crear el futuro.
Promover la estrategia adecuada requiere del líder la capacidad de comprender las competencias latentes que hay en los demás, creando un marco de entendimiento común entre la empresa y los empleados. Aumentando la creatividad, mejorando la comunicación y motivando a la gente, el ejecutivo ayuda a llenar los espacios vacíos entre las personas, dando elasticidad a la organización ante las crisis y reduciendo al mínimo los conflictos.
El buen líder no tira de las cosas y de las personas, sino que crea el marco en el que se desarrollan y crecen, una estructura en la que se puede opinar y recibir sugerencias de forma abierta y sincera, trabajar en equipo para alcanzar objetivos comunes y mejorar para conseguir mayor rendimiento. No se centra en conseguir lo máximo de la gente, como hace el héroe en sus aventuras, sino lo mejor. |